En medio de un yate. Así se siente este parque.
El parque del Oporto es como jugar al Pac-Man sabiéndote los códigos de trampa. Cada vez que lo miro digo: en serio, ¿no tengo que pagar para que mi hijo juegue ahí?

El parque
Es una estructura de plástico con canaletas y desafíos para subir y bajar. Clásico aquí, en Itapema. Pero este es enorme. La cantidad de niños que caben ahí no es normal.
Por un lado van los más chicos y por el otro los más grandes. Hasta mi hija de vez en cuando se tira de uno de esos, y no le importan sus 12 años. Usa de excusa a su hermano.
“Vamos, tirémonos de la más alta”, le dice. Y el otro va sin decir ni mu. O sea, si su hermana le pidiera correr sobre piedras calientes, él, que ni sabe hablar bien, le diría: toma, guárdame los zapatos.
Se pierde allá dentro
A mí se me pierde allá adentro, ah. A veces le digo a mi esposa: tú ponte por allá y yo por acá, para por lo menos verlo cuando pasa.
Solamente he podido sacarlo de ahí dentro con caramelos. No estoy orgulloso, pero funcionó.
Al final del Píer
El parque queda al final, al lado del Hard Rock Café. Además, si tu hijo puede quedarse solo un rato, por estas épocas está jugando Brasil al fútbol y hay una pantalla enorme con asientos.
Eso sí: hace frío. Abríguense bien.
El Píer Oporto tiene ese truco: parece paseo de adulto, pero de pronto encuentras un parque donde los niños pueden quedarse una hora sin negociar nada.




