¿Cómo comenzó todo?
Hace unas semanas mi hija se acercó con la mano estirada. "Papá, mira, está raro, lo tengo hinchado." Era el índice. Yo soy de otra generación; en mi tiempo eso se llamaba "uña enterrada", le dije. "Ve con tu mamá, que te la saque."
La madre sacó. Y sacó. Y siguió sacando. Y nada: el dedo seguía igual, ahí, hinchado, mirándonos.
Con los días la cosa se puso más fea, porque ahora, además, tenía los cortes de la supuesta uña enterrada que nunca existió. Pero yo, fiel a mi teoría añeja, dejé que entrara en juego otro factor, el más peligroso de todos: el dinero. "No voy a llevarte al hospital ahora, por una uña. Vamos a la pública, que además estoy ahorrando este mes."
El sistema de salud pública (SUS)
Y fuimos. Y llegamos. La fila del SUS era tan grande ese día, a esa hora de la tarde, que ni asientos para esperar quedaban. "Volvamos a casa. Mañana te llevo al hospital de día, al Revitalite. Para algo tengo Itapema Saúde, con el médico de emergencia lo resolvemos."
Salud privada pero cuidando el bolsillo
Cuestión que fuimos. Y sí, había médico. Solo que el médico de turno es clínico general, no dermatólogo. Miró el dedo, dictaminó "es una verruga", recetó un líquido no sé cuántas veces al día, y cobró sus 100 reales. Salimos tranquilos: por fin alguien le había puesto nombre a la cosa.
Cuando el dinero deja de importar

Con el correr de ese tratamiento, el dedo se puso feo. Feo de verdad. Feo hasta ese punto exacto en que uno deja de mirar el precio.
Estábamos en la Clínica La Vie, que tenía turno libre para un especialista. Onda, ya mismo: las facilidades de las clínicas privadas. La consulta, 375 reales, más o menos lo que cobra cualquier especialista por acá.
El dermatólogo miró diez segundos y dijo justo la palabra que faltaba: "Es una verruga viral." Viral. Esa era la palabra. Y agregó, sin anestesia: "El líquido que le recetaron, écheselo entero, el pomo completo si quiere, no va a hacer nada. Yo le hago otro tratamiento. Son 600 reales más, y si hay que repetirlo, la próxima vez no le cobro."
Eso fue con mi esposa, en realidad. El médico dijo "vamos a tratarlo", y ella, asustada, frenó en seco: "No, no, espera, ¿cómo que tratarlo? ¿eso cuánto cuesta?" Y me llamó. Y yo, desde el otro lado del teléfono, dije esa frase que uno solo dice cuando ya se rindió: "El dinero ya no importa. El dedo está feo. Ya tendremos tiempo de ahorrar."
Cada día que pasa es una lección de vida
En mi ciudad anterior, Londrina, esto ni siquiera habría sido una historia para contar. Habría ido al médico las veces que hiciera falta, sin tener que usar la calculadora. Tenía un plan de salud de coparticipación, y todo salía más barato. Acá en Itapema eso no existe. Bueno, existe, pero con matices. Y los matices son justamente lo que descubres tarde, con el dedo ya feo y la billetera abierta.
Por eso creo que vale la pena sentarse, con calma y antes de la crisis, a estudiar cómo elegir tu plan de salud. No es un juego. Tienes que entender bien qué tipo de persona eres frente al riesgo, porque esa decisión no la puedes tomar en los momentos de paz: cuando la crisis llega, las soluciones son siempre las menos racionales. Yo soy la prueba viviente.
Dato curioso para cerrar: ese dedo terminó costando casi un 20% más de lo que cuesta un plan de salud mensual decente. Un solo dedo. Un solo mes.
¿Y tú? ¿Ya sabes qué vas a hacer cuando te toque?

