La Torre panorámica de Itapema queda en el Canto da Praia, barrio donde nació la ciudad. Por su ubicación, desde ella se puede observar casi la totalidad de la ciudad. Una estructura de hierro sólida y segura.
La torre
El Mirante do Encanto tiene cerca de 26 metros de altura. Dicho así parece poco, casi una torre chica. Pero está en lo alto del morro, y ahí es donde la cuenta cambia.

Desde abajo ya se reconoce fácil. Te paras en el parquecito del Canto da Praia, miras hacia arriba y ahí está: una torre alta, de vidrio, sin ninguna intención de esconderse.
Los locales suelen quejarse de que Itapema crece desordenada, que necesita planificación. Y ahí es cuando a mí me gusta lucirme:
Anjá, anjá, ¿y cómo explicas el Mirante do Encanto? Vaya broma infantil.
La vista
Desde arriba da la sensación de que ya no necesitarás Google Maps por el tiempo que te quieras quedar con nosotros. Se ven las separaciones lógicas entre barrios, la ciudad entera, cómo crece y hacia dónde crece.




Hay binoculares, por si olvidaste llevar los tuyos. Pero si tienes un par de ellos muy pro, llévalos! Debe ser interesante desde la distancia ver a la gente paseando por el Píer Oporto.
No es un paseo largo. Es más bien una parada: subes, miras, sacas fotos, entiendes mejor la ciudad y bajas creyendo que ya conoces Itapema.
Además, si ya estabas en el Canto da Praia o ibas camino a poner tu nombre en la arena de Praia Grossa, no te costaba nada. Solo un par de subiditas más.
Mi experiencia
La primera vez que fui intenté subir a mi batallón por las escaleras. No sé por qué. En la entrada hay una recepción donde te preguntan de dónde eres, pero no te asustes: puedes ser de Marte y te dejarán pasar igual. Solo están tomando estadísticas y entregando postales de la ciudad.

El elevador se demoraba y dije: gente, vamos, son dos escaleritas.
Y sí, lo son. Pero no. No valió la pena.
Abandonamos en medio de la subida, la sensación de que te ibas a caer es absoluta. Para colmo, después nadie quiso tomar el elevador. Derrota familiar en el primer asalto.
La segunda vez les dije: vamos de nuevo, esta vez por elevador. Y así hicimos. Hermosa vista, maravilloso, espectacular.
Pero después de cuatro años haciendo artes marciales, yo no podía ser derrotado por una escalera. Entonces bajé por ellas.
Para mi sorpresa no sentí nada. Quizás el problema es solo la subida.
El conejo de la entrada
En la entrada a veces hay un conejo que se deja acariciar. La recepcionista decía: acarícienlo, a él le gusta.
Brasil es una locura! Para nuestra suerte ese mismo día al bajar vimos capibaras de casualidad. Ni siquiera las estábamos buscando. Mi esposa me hizo parar el carro para tirarles fotos.









